4/22/2015

TALLER: "Buscando contenido - Searching for content"





Taller con Peio Aguirre, La Casa Encendida, Madrid, 11, 12, 13 mayo, 2015


La saturación y profusión de textos e imágenes en nuestra sociedad de la información ha generado una dificultad endémica a la hora de realizar elecciones. Hoy, más que nunca, la producción cultural se enfrenta a la tarea de la elección. ¿Qué ver? ¿Escuchar? ¿Leer? Gran parte de las prácticas artísticas contemporáneas son híbridas e implican distintos saberes y disciplinas. Un rasgo (típicamente posmoderno) se destaca en la producción cultural actual: su naturaleza cognitiva y la referencia a otras producciones culturales del pasado y del presente. La referencialidad ha devenido en la estrategia enunciativa dominante.
Este taller busca indagar en esta situación, interrogando acerca del origen y el destino del contenido (que no de la información), así como su subjetivación y transferencia. Se trata de establecer una ética del contenido, una cartografía del deseo, una intensidad para las afinidades electivas.

Una serie de objetos culturales a leer, visionar y escuchar, provenientes del pensamiento, el arte contemporáneo y la cultura de masas servirán a los fines del taller.

El taller está dirigido a artistas en cualquier disciplina (artes visuales, performance, cine, etc.) con una obra en proceso de formación. Se tendrá en cuenta para la selección la presentación de materiales complementarios que reflejen la obra artística.


Duración: 15 horas.

Esta taller se enmarca dentro de WHAT IS THIRD un proyecto de María Jerez en el que el proceso de investigación se abre al público a través de la puesta en común de referencias, conversaciones iniciadas, encuentros fortuitos, talleres, visionados exóticos y procesos paralelos.


4/17/2015

Releyendo "Contra la interpretación"



Roland Barthes dijo una vez que quienes no releen se condenan a leer la misma historia una y otra vez. Recientemente he vuelto a releer Contra la interpretación de Susan Sontag, el ensayo que da nombre al libro homónimo (Alfaguara, 1996). De hecho, cada cierto tiempo releo este ensayo y cada vez su lucidez ilumina nuevas contornos, nuevas perspectivas. El cotejo con la realidad es la consecuencia natural de esta lectura. Interpretar Contra la interpretación es exponerse a traicionar aquello que el propio texto denuncia; supone comentar un texto escrito bajo la forma de un comentario; significa girar la cabeza y prestar atención, por un instante, a la fiebre interpretativa que hoy en día rodea a la producción cultural o, lo que es lo mismo, a la institucionalización de la ansiedad cultural.

El mérito de Sontag (entre otras virtudes) estaba en pasar del sentido de Nietzsche, “No hay hechos, sólo interpretaciones”, a diagnosticar el mal por interpretar que domina la cultura occidental. ¿Qué sucede cuando el exceso y la superproducción de significantes amenaza los sistemas de interpretación? Aunque el texto quede ahora lejano, 1964, hay en él indicios completamente válidos para describir situaciones actuales. La crítica tenía en mente la superioridad y la tiranía que el contenido ejerce sobre la forma en cualquier ámbito de la cultura. Para combatir este pesado lastre que la crítica cultural ha de soportar con el contenido de esta o aquella producción, ella sugería prestar una mayor atención a la historicidad de las formas. Un vocabulario de las formas, más que prescriptivo, descriptivo. “La mejor crítica, y no es frecuente, procede a disolver las consideraciones sobre el contenido en consideraciones sobre la forma”. (p. 37).

He vuelto a leer Contra la interpretación cincuenta años después de que fuera escrito y
algunas frases resuenan hoy con sordina en la coyuntura de una esfera pública global, la misma que emite un enunciado con apariencia de verdad para a continuación incorporar su contra-relato, su simulacro de realidad. Pensando por ejemplo en todo lo que rodeó a Charlie Hebdo el pasado mes de enero; todo el cúmulo de versiones, opiniones, puntos de vista, digresiones, metacomentarios, análisis y juicios sin conmensura. La interpretación aparece como el horizonte o límite sobre el que giran acontecimientos políticos, económicos y culturales de distinta índole: interpretación de las escrituras sagradas, interpretación de unas viñetas satíricas, interpretación de unas imágenes violentas sobre las que apenas podemos cerrar los ojos, interpretación de una escultura donde un perro sodomiza a una activista que a su vez hace lo mismo a un supuesto monarca. Contenido, todo es hoy en día contenido. Está por todas partes. Somos contenido. Entonces releo a Sontag:

“La interpretación apareció por primera vez en la cultura de la antigüedad clásica, cuando el poder y la credibilidad del mito fueron derribados por la concepción ‘realista’ del mundo introducida por la ilustración científica. Una vez planteado el interrogante que acuciaría a la conciencia posmítica –el de la similitud de símbolos religiosos-, los antiguos textos dejaron de ser aceptables en su forma primitiva. Entonces, se echó mano de la interpretación para reconciliar los antiguos textos con las ‘modernas’ exigencias”. (p. 28)

“Por tanto, la interpretación presupone una discrepancia entre el significado evidente del texto y las exigencias de (posteriores) lectores. Pretende resolver esa discrepancia. Por alguna razón, un texto ha llegado a ser inaceptable; sin embargo, no puede ser desechado. La interpretación es entonces una estrategia radical para conservar un texto antiguo, demasiado precioso para repudiarlo, mediante su refundición. El intérprete, sin llegar a suprimir o reescribir el texto, lo altera. Pero no puede admitir que es eso lo que hace”. (…) “En nuestra época, sin embargo, la interpretación es aún más compleja. Pues el celo contemporáneo por el proyecto de interpretación no suele ser suscitado por la piedad hacia el texto problemático (lo cual podría disimular una agresión), sino por una agresividad abierta, un desprecio declarado por las apariencias”. (p. 29)

La propia Susan Sontag nos regaló un libro Ante el dolor de los demás (Alfaguara, 2003) sobre las imágenes de guerra y la importancia ética de mostrar solidaridad con el sufrimiento y el dolor ajenos. Contra la interpretación no es ahora un alegato para cerrar los ojos, sino todo lo contrario; el recordatorio de que ante la celeridad del visionado de imágenes de la barbarie es preciso una desaceleración cognitiva a la vez que un aumento del análisis y la interrogación.

“Así pues, la interpretación no es (como la mayoría de las personas presume) un valor absoluto, un gesto de la mente situado en algún dominio intemporal de las capacidades humanas. La interpretación debe ser a su vez evaluada, dentro de una concepción histórica de la conciencia humana. En determinados contextos culturales, la interpretación es un acto liberador. Es un medio de revisar, de transvaluar, de evadir el pasado muerto. En otros contextos culturales es reaccionaria, impertinente, cobarde, asfixiante”. (p. 30)

Podríamos pensar que la interpretación no puede subvertir o alterar el orden de los factores. Pero de hecho, lo hace. La responsabilidad en la lectura de las imágenes debe prevenirnos del efecto de lo real, el trauma y el dolor, en lugar de por sentado cualquier hipótesis concerniente a las teorías de la conspiración o intentos de desviar la atención como síntoma del mantenimiento del orden imperante (si no de la paranoia). Algo que nos recuerda a Guy Debord en Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (Anagrama, 1999) cuando dice que “en otros tiempos sólo se conspiraba contra el orden establecido. Hoy en día, un nuevo oficio en auge es conspirar a su favor. Bajo la dominación espectacular se conspira para mantenerla y para asegurar lo que sólo ella misma puede llamar su buena marcha. Esa conspiración forma parte de su propio funcionamiento”. (p. 86) (Como recordaban Deleuze y Guattari, la paranoia es un síntoma derechista, en oposición a la esquizofrenia que sería izquierdista). La impugnación de las imágenes no supone aliarnos irreflexivamente con los voceros de alerta que desde algún lugar digital clama contra la manipulación mediática y el servicio a la conspiración política global.



En el ámbito de la crítica literaria y la academia la interpretación ha sido considerada como vinculada a los textos sagrados. La secularización de la interpretación es afín a Sontag, pero también a Umberto Eco y otros. Toda una interpretación es, de hecho, un ejercicio que bascula entre lo terminable y lo interminable y es, de facto, terreno abonado para una malinterpretación.[1] En el dominio de la crítica literaria esto es algo que se alienta (pienso en Harold Bloom y en su crítica al canon). El meollo de la cuestión no está hoy en día en malinterpretar, sino en la creciente tendencia a sobreinterpretar.

Cuando sobreinterpretamos algo inmediatamente volvemos la atención hacia nuestra culpabilidad. La paranoia hace de nuevo su aparición cuando se sobreinterpreta. La sobreinterpretación es el exceso sobrante que el contenido impone sobre las formas en las que aparece. No hay duda de que Susan Sontag se declararía en huelga interpretativa a tenor de la actual sobreabundancia y confusión reinante en la opinión pública global.




[1] Otro libro que aborda esto es Interpretación y Sobreinterpretación de Umberto Eco, con contribuciones de Richard Rorty, Jonathan Culler y Sophie Brooke-Rose, Cambridge University Press, 1995.


4/13/2015

EDITORIAL: Corrección política y libertad de expresión


La cuestión de la corrección política atraviesa hoy en día todos los espacios de opinión. Uno de los problemas derivados de lo políticamente correcto tiene que ver con la formación de consensos y el modo de gestionarlos. Nadie desea situarse en el lado de la corrección política, todo el mundo prefiere apuntarse a la lectura crítica de los eventos, ser parte de una minoría en vez de la mayoría. ¿Pero qué sucede cuando la minoría adquiere estatus de mayoría? No me refiero a las clases oprimidas o sin voz, sino a aquellas otras posiciones que sí la tienen y hablan desde una posición aventajada pero “en nombre de” o directamente por esos otros. ¿Acaso no reproducen también las condiciones que dan lugar a un nuevo consenso? Un ejemplo de esto es lo hipster en el ámbito de la cultura del consumo, esto es, la absorción de la criticalidad desde dentro del sistema. Ello es también aplicable a la formación de la opinión pública. Otro ejemplo: la crítica al mainstream no necesariamente conlleva per se una validación de esa crítica, etc. Esto se explica quizás en que es propio de la posmodernidad y la cultura que para lograr un sentido superficial de la propia singularidad, un sucedáneo de alteridad que es sólo una máscara para la uniformidad, se necesite afirmar lo que Freud definía como el “narcisismo de las pequeñas diferencias”, o la obsesión por diferenciarse de todo aquello que resulta más familiar y parecido. Esto es lo que la abogacía de lo políticamente correcto comparte con la posición liberal: que no puede escapar a su condición de privilegio social.

En nombre de la corrección política se da alas a un puritanismo de la moral, a una represión de lo imaginable y de la imaginación misma, y también a una censura del derecho a la información: la policía de lo políticamente correcto. Un ejemplo de esto es la reciente no publicación (o censura encubierta) de las viñetas de la revista Charlie Hebdo en los medios de comunicación norteamericanos bajo la excusa de que podría herir sensibilidades y echar más leña al fuego. No publicar bajo el pretexto de la no ofensa; en situaciones como ésta, y así se ha demostrado en el pasado, el efecto es entonces el contrario al que se pretende evitar pues el miedo a ofender simplemente ha hecho más fácil el ser ofendido.

Esto nos conduce a la libertad de expresión, que si bien es una categoría tremendamente elástica según los intereses particulares de los poderes y que cuenta con dobles y triples barras de medir, ello no debería cegarnos en su más ferviente defensa allí donde se encuentre vulnerada y cercenada. La esfera del arte y la cultura han de tener unas reglas propias distintas a aquellas del periodismo, los informativos y la propia esfera de la política. Podemos exigir al periodismo centrarse en los hechos y ceñirse a las reglas de la decencia, pero en toda sociedad civil debe existir un lugar para lo que se sale de la norma, lo grotesco y para que una visión distorsionada de la realidad pueda desarrollarse y existir. Un espacio para la expresión de lo reprimido y las fantasías y miedos más inconscientes a través de la anarquía que produce la risa y que trivializa esas mismas fantasías inconscientes mostrando en ocasiones lo ridículas que pueden llegar a ser. Que este espacio pueda realizarse sin una constante gobernanza y vigilancia desde el poder o el Estado es fundamental. Es a través este efecto de distorsión que cuestionamos las reglas a menudo no habladas por las cuales nos guiamos socialmente. La regulación de la sátira por el derecho a no ser ofendido rebaja los niveles de salubridad democrática y sienta un precedente peligroso que se traduce en el fomento de un mayor control social y el establecimiento del autoritarismo y la represión del Estado.



4/07/2015

Títulos de crédito




Los títulos de crédito de cine pueden ser considerados como un género por derecho propio, siendo Saul Bass su más acreditado maestro. En ocasiones, los títulos de crédito son el único espacio para la experimentación gráfica y tipográfica existente en un filme. Me ha llamado la atención la contundencia de los tradicionales títulos de crédito en Fahrenheit 451 (1966) dirigida por François Truffaut después de la celebrada novela de Ray Bradbury. No hay texto superpuesto, sino simple y llanamente una voz masculina que recita mecánicamente los créditos mientras suena la banda sonora de Bernard Herrmann. 

La intrahistoria de esta película dice que había otra versión de esta introducción pero con voz femenina. En cualquier caso, la originalidad reside en la ausencia de texto, un guiño directo a la propia historia de la novela (y la película) en donde los libros están prohibidos y los bomberos crean incendios en lugar de extinguirlos. Otro guiño a la narración está en el “zoom in” hacia antenas de televisión, pues en la película la sociedad ha abandonado la cultura libresca y literaria por el flujo continuo de imágenes recibidas directamente en el hogar. Los filtros de color añaden el componente conceptual y minimalista acorde con el espíritu del arte del periodo. La modernidad de esta secuencia queda fuera de toda duda y casi cincuenta años después de su concepción todavía resulta radical y pionera.


3/26/2015

“Puro vicio”, PTA y el cine desaliñado


En este otro post abordé algunas tendencias del cine actual comercial, especialmente aquella que privilegia la complejidad. Bastantes realizaciones recientes no hacen sino confirmar que las grandes producciones se sirven de la complejidad con el beneplácito del espectador. Puro vicio (2014) de Paul Thomas Anderson es un buen ejemplo de esto. Resulta atractivo analizar por separado y al mismo tiempo de manera conjunta la deriva de la narración en la literatura posmoderna (Thomas Pynchon) y la versión cinematográfica de una de sus novelas. Aunque el libro de Pynchon sea reciente, estamos ante una tipología singular y con sello, un “Pynchon puro”. Esto significa un modo narrativo donde el argumento se expande cual mancha de aceite sobre una superficie en la que los puntos cardinales, que son los que a la postre dan forma a la trama, resultan difíciles de cartografiar. La película reproduce fielmente este “mapa cognitivo” sin extrapolarlo al espacio urbano de la ciudad donde la historia acontece, Los Ángeles. En este sentido, la película no es en absoluto (el libro no lo sé) un mapa de la ciudad a comienzos de 1970. Tampoco parece que lo pretenda.

El rasgo más marcado de este modo de narración pynchoniano reside en el descentramiento del eje rector de la novela. De acuerdo, tenemos a Larry “Doc” Sportello, un investigador privado de poca monta como núcleo indiscutible y a su alrededor pululan una serie de situaciones y personajes los cuales apenas alcanzan el estatus de “personaje” por pleno derecho. Más bien, la estructura se asemeja a la construcción del personaje de “Doc”, y está caracterizada por el desaliño. ¿Puede una película emplear el desaliño tanto en su estructura formal como en su estética y todavía pasar como cine de culto o “gran cine”? Puro vicio no sólo puede, también lo consigue. Es más, me atrevería a decir que gran parte de la motivación de PTA es precisamente esa.

Uno de los rasgos de la novela posmoderna (tal y como en día fuera analizada por Jameson) reside en esta estructura no centrada o no unitaria de la novela (u obra de arte) moderna. Evidentemente un conjunto de fragmentos difícilmente pueden conformar una “obra” en sentido estricto. Más bien, lo que obtenemos en Puro vicio es una masa o trama o tejido aparentemente informe que alcanza una resolución o ficción de unidad en el entrelazado final. Algo parecido sucede con la construcción del personaje de “Doc”, tan alejado del estereotipo de actuación propia del star system hollywoodiense de otra época. Lo que tenemos literalmente aquí es este personaje un tanto desastre pero con la cualidad deductiva detectivesca realzada por los efectos de las drogas y que a su modo actualiza las tipologías del género literario, el pícaro holgazán y el detective. El miserabilismo y la novela negra. “Doc” es todo lo contrario a un Philip Marlowe y, sin embargo, conecta con el espectador actual de un modo que el detective creado por Chandler nunca lo haría. Esta reescritura de los géneros es, de hecho, uno de los sellos por antonomasia de Pynchon y también de PTA. De este modo, tenemos aquí un producto literario y cinematográfico que certifica algunas de las características del posmodernismo, la estética “blanda” y las conexiones “flojas” o loose, que no sólo conectan con los gustos y las tendencias de los públicos jóvenes sino que también marcan una tendencia dominante en las formas de consumo de hoy en día.

Puro vicio no es un filme estrictamente historicista, tampoco un "filme-nostalgia", y su periodización de los años hippies y contraculturales resulta degustable para un público amplio que goza con la despolitización y la ironía que se hace de la cultura hippie. Aquí entonces habría que contrastar el trasfondo crítico, o el inconsciente político que rezuma la obra original de Pynchon con este filme con aspiraciones de “obra” aun cogiendo lo mugriento y desaliñado como estética. Es lo que tiene el estatus alcanzado por algunos directores, especialmente PTA. (Nota: personalmente prefiero The Master, ver texto aquí).

Sin embargo, hay que reconocer que PTA hace las cosas a su estilo, y aun con puntos de conexión con los Cohen o Tarantino, sabe marcar su territorio. La película con la que la compararía no es, sin embargo, ninguna de estos cineastas sino más bien esa otra cinta primo-hermana que se expande cual tela de araña y que es Zodiac (2007) de David Fincher. Es indudable que PTA o Fincher tienen un sentido de la narración y el ritmo, un paso, que resulta difícilmente alcanzable por otros dentro de la industria de Hollywood. Así, ambos pueden hacer películas a partir de novelas de distinto calado, Fincher con Gone Girl/Perdida, bestseller de Gillian Flyn, o PTA con material de alto vuelo de Pynchon, y entregar una producción con sello de autor. Esto no es sin embargo, y como podría pensarse, únicamente fruto de la genialidad del director sino el resultado de la evolución de la propia industria y los modos narrativos donde la complejidad y el sello de calidad se fomentan desde dentro casi como un género por derecho propio.